He tenido asma durante toda mi vida escolar, gracias al tratamiento que sigo y los métodos evaluativos alternativos para la materia de educación física pude aprobar todos los años hasta terminar el colegio. Imagínense si era obligatorio realizar actividad física a pesar de mi imposibilidad respiratoria y no fuera admisible la opción de entregar algún trabajo práctico sobre los deportes o la alimentación saludable para cursar el año, sería increíble que no hubiera podido terminar mi educación por tener asma, ¿verdad?

Ese, es sólo un ínfimo ejemplo de lo que implica la educación inclusiva, pero por ahí va. Para que tal exista se deben generar respuestas para todo el alumnado, ya que todos y todas somos diferentes; no tenemos los mismos orígenes e historias personales, poseemos variadas creencias religiosas, hablamos distintos idiomas, gozamos de intereses singulares, nuestras cualidades físicas no son las mismas, entre muchos otros factores. Por lo tanto, cada persona aprende, reconoce y percibe el mundo de una manera única que enriquece la diversidad de nuestra humanidad, esto influye dentro de la vida escolar de un alumno o alumna.

 

 

 “Toda persona tiene derecho a la educación integral y permanente, que como sistema y proceso se realiza en el contexto de la cultura de la comunidad”, dice el Art.73 Del derecho a la educación y de sus fines en la Constitución Nacional, indicando así la obligatoriedad de una educación plena en donde todos y todas estén incluidos.

 

 

Según un censo no unificado de la SENADIS (Secretaría Nacional por los Derechos de las Personas con Discapacidad) el 10.7% de la población en nuestro país vive en situación de discapacidad, número que tiende a ser el doble en países como el nuestro, teniendo en cuenta que la OMS (Organización Mundial de la Salud) tiene un registro en el que el 10% de la población mundial posee alguna discapacidad. Prestando atención a esta cifra, ¿Con cuántos compañeros o compañeras con discapacidad conviviste en la misma clase durante tu proceso educativo? Uno, o tal vez ninguno, ¿no? Lo que pasa es que, a la hora de la práctica, el Art. 73 se vuelve más complejo de ejecutar cuando creemos no poseer las herramientas para educar a una parte del alumnado que requiere, de forma más visible, con otras estrategias de enseñanza distintas a las que se emplean en nuestro actual sistema educativo.

 

 

Uno de los desafíos más grandes en torno a la transformación hacia una educación inclusiva es lo que refiere a los procesos de inserción de las personas con discapacidad. Para ello, primero es necesario tener claro que la discapacidad es un concepto que está en constante evolución, es el resultado de la interacción entre las personas con algún tipo de limitación física, sensorial, cognitiva, intelectual o psicosocial y las barreras, debidas a la actitud y al entorno, que evitan su participación plena y efectiva dentro de la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás. Es decir, la discapacidad no se encuentra en una persona, sino en el nivel de interrelación que tiene con su entorno.

 

 

La inclusión es posible cuando las prácticas apuntan a la adaptación del contexto a las necesidades de cada estudiante en relación a la facilitación de posibilidades para una participación integral del estudiantado dentro de la comunidad educativa. Estas adaptaciones requeridas dentro de la comunidad educativa pueden ser englobadas en la idea de generar accesibilidad, ya que, al eliminar las barreras para el aprendizaje y la participación, logramos generar un entorno adecuado para el satisfactorio ejercicio de una educación completa y plural.

 

 

Los tipos de accesibilidad comprenden las cuestiones arquitectónicas de una institución (rampas, barras para sujetarse, puertas amplias); las herramientas comunicativas (pictogramas, lenguaje de señas, materiales en Braille); accesibilidad metodológica (métodos de estudio adecuados al perfil del alumno y la alumna) e instrumental (utensilios adaptados), y cambios programáticos, esto se refiere a las leyes, planes, programas generales y específicos que abalen la inclusión.

 

 

Por último, lo más importante es derribar la barrera actitudinal; esos preconceptos, estigmas y estereotipos que a veces surgen en relación al tema son el principal obstáculo para avanzar hacia la inclusión. Con una comunidad educativa comprometida, sin ánimos de sesgar y con todas las ganas de implementar nuevas maneras de convivir en diversidad, ya se tiene la mitad del recorrido alcanzado.

 

 

Para conocer más sobre las herramientas accesibilidad podés acceder a nuestra publicación sobre Materiales de Apoyo para la Inclusión (MAI).

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